lunes, 28 de septiembre de 2015








A una mujer







No hay que llorar porque las plantas crecen en tu balcón, no 
hay que estar triste 
si una vez más la rubia carrera de las nubes te reitera lo 
inmóvil,
ese permanecer en tanta fuga. Porque la nube estará ahí,
constante en su inconstancia cuando tú, cuando yo -pero por 
qué nombrar el polvo y la ceniza. 

Sí, nos equivocábamos creyendo que el paso por el día
era lo efímero, el agua que resbala por las hojas hasta
hundirse en la tierra.
Sólo dura la efímero, esa estúpida planta que ignora la 
tortuga, 
esa blanda tortuga que tantea en la eternidad con ojos
huecos, 
y el sonido sin música, la palabra sin canto, la cópula sin 
grito de agonía, 
las torres del maíz, los ciegos montes.
Nosotros, maniatados a una conciencia que es el tiempo,
no nos movemos del terror y la delicia,
y sus verdugos delicadamente nos arrancan los párpados
para dejarnos ver sin tregua cómo crecen las plantas del
 balcón, 
cómo corren las nubes al futuro.

¿Qué quiere decir esto? Nada, una taza de té.
No hay drama en el murmullo, y tú eres la silueta de papel
que las tijeras van salvando de lo informe: oh vanidad de 
creer
que se nace o se muere, 
cuando lo único real es el hueco que queda en el papel, 
el golem que nos sigue sollozando en sueños y en olvido.

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